Golf de Cabo Negro, el RCG de Tánger, el Palmeral Golf Saidia (cerce de Nador), el Royal Golf Club Dar Es Salam (Rabat) o el Golf de Casablanca diseño de Tony Jacklyn son algunos de los mejores campos de golf en el norte de Marruecos que buscan su lugar fuera de los típicos destinos de Marrakesh o Agadir. En esta ocasión La Gaceta del Turismo visitó el Royal Golf Club Dar Es Salam, en Rabat, un campo sede de grandes eventos internacionales.
Paco Guerrero
Marruecos es un país difícil de rasar; por el momento es una mezcla entre tradición y un profundo proceso de cambio. Se percibe un claro deseo de obtener los beneficios de la vida occidental y gran parte de la población mira hacia un coloreado futuro. Pero también es evidente que persiste una tradición fuerte, una manera particular de ver la vida que no parece negociable.
En esta ocasión viajaba invitado por la Oficina de Turismo de Marruecos, en un viaje organizado por la Asociación Española de Sénior de Golf (AESGOLF). Una de las acciones de Marruecos encaminadas a promocionarse como destino de golf y, en especial, posicionar Rabat como destino turístico y de golf.
Si hace tiempo que no se visita Marruecos —como era mi caso— puede dar la impresión inicial de que todo sigue igual, pero basta un momento para percatarse de la presencia de grúas y construcciones por todas partes. El camino hacia Rabat es una sucesión de nuevos edificios, obras en marcha y solares ya desescombrados que esperan un nuevo destino. Hay obras por doquier, también en infraestructuras viarias, puentes y carreteras.
Que Marruecos está cambiando es evidente, pero no se trata de un cambio progresivo, sino de un auténtico sprint en plena aceleración. Se dice que las remodelaciones se deben al Mundial de Fútbol, pero en mi opinión el cambio es mucho más profundo. La sociedad marroquí ha evolucionado al ritmo en que se han asentado grandes firmas como Decathlon, Carrefour, Zara, Pull & Bear, Massimo Dutti, H&M y, por supuesto, las marcas de lujo como Louis Vuitton, Gucci, Prada o Dior. También están presentes Banana Republic, Ralph Lauren, Fnac o Kiko Milano, entre otras. El terreno, claro está, fue abonado previamente por las redes sociales, YouTube y demás. Así es nuestro tiempo: la globalización es el motor del mundo.
Como comentaba al principio, la tradición sigue muy presente, y eso es precisamente lo que también busca el turismo en Marruecos. La tradición no está reñida con la calidad de los servicios, que hoy son fundamentales. En esta línea, Marruecos apuesta decididamente por un turismo de calidad y hoteles de cinco estrellas, y es aquí donde entra su interés por el golf.

Llegamos al hotel Conrad Rabat Arzana, un cinco estrellas superior, tras un largo viaje. Las cinco estrellas salieron a relucir nada más llegar: eran la 1:30 y, pese a que el comedor cierra a medianoche, allí estaban esperándonos con todo preparado para ofrecernos la cena. No soy un gran aficionado a la comida marroquí, pero aquel bufé —variado y lleno de platos y ensaladas— me conquistó. Tras probar un par de platos, empecé a confiar en los demás, y no me defraudaron. Digamos que me fui paulatinamente alejando de una cena ligera antes de acostarme.
La habitación tampoco defraudó: era espectacular, con una disposición muy particular de la bañera, situada casi en medio de la estancia, pero perfectamente integrada. El resto, impecable: no faltaba ni el más mínimo detalle.
Los programas apretados no permiten disfrutar de los lugares como a uno le gustaría y, a primera hora de la mañana —eso sí, después de uno de los mejores bufés de desayuno que he probado— salimos hacia el Royal Golf Club Dar Es Salam, a apenas 30 minutos del hotel.
El Royal Golf Club Dar Es Salam es un típico club de socios, por lo que no dispone de palos de alquiler y cuenta con pocos buggies, dos servicios que considero imprescindibles si se aspira a ser un destino de golf. Son, en cualquier caso, aspectos fácilmente solucionables. Lo que no veo tan sencillo es la transición hacia un campo más “comercial”, que es en definitiva la base del turismo de golf.
El campo es espectacular, una auténtica joya diseñada por Robert Trent Jones. Son 45 hoyos repartidos entre dos recorridos de 18 y un campo adicional de 9 hoyos pares 3. La mayor parte discurre por un gran alcornocal, con hoyos especialmente largos, bunkers generosos y greenes amplios, ondulados y rápidos. En términos generales, un magnífico y exigente campo que merece la pena jugar.
Tuve la oportunidad de cenar en un restaurante típico marroquí, considerado uno de los mejores de Rabat. Las expectativas, sin embargo, quedaron lejos de cumplirse. El plato principal fue un pollo Tajín quizá demasiado asado, pues estaba especialmente seco, acompañado de lo que en algún momento debió de ser una salsa, servida totalmente reducida y convertida en gelatina. Nada comparable a la comida servida en el hotel.
Rabat no destaca por una arquitectura dominante aunque es conocida por su abundancia de parques, entre los que sobresalen el Jardín de Pruebas Botánicas o los Jardines Bouknadel. En una ciudad marroquí, el zoco es inevitable y, aunque el de Rabat es relativamente pequeño, conserva el espíritu tradicional, que sin duda en algún momento te invitará a hacer un alto y tomar su afamado té marroquí. En Marruecos siempre encontrarás alguna curiosidad: en este caso llamó mi atención una avenida flanqueada por una línea de árboles cuyas copas se unían formando una cubierta vegetal continua en la que es imposible distinguir dónde termina un árbol y empieza el siguiente.

Rabat tampoco escapa a la vorágine constructora. En lugares emblemáticos se observan solares recientemente desescombrados que aguardan nuevas construcciones que cambiarán la imagen de la ciudad.
Quizás no llegue a reconocer Rabat cuando el futuro la alcance.
